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La otra vida de tu móvil, en cuatro claves

La otra vida de tu móvil, en cuatro claves



Todo el mundo tiene un ‘smartphone’. El 54% de la población mundial tiene un teléfono inteligente y el 57% accede a internet desde el móvil, Según los datos de la GSMA. Los datos del Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad (ONTSI) ya hablan de una penetración total de los dispositivos móviles en los hogares españoles. En cierto modo, la vida sin un terminal inteligente se ha convertido en algo complicado. A veces, podría parecer hasta imposible. Con él se pide cita médica, se consulta el saldo la cuenta bancaria, se mantiene el contacto con la familia o se consumen contenidos de entretenimiento. Pero la vida de estos terminales no se limita a este uso final. Es un viaje muy largo, lleno de matices y unas cuantas sombras. Es, además, un proceso de ida y vuelta. 1 La materia prima «Por favor, dile a la gente de tu país que en el Congo muere un niño cada día para que puedan encender sus teléfonos». Quien habla es Agustin, el traductor congoleño que ayuda al investigador Siddharth Kara a descubrir qué ocurre en una de las minas artesanales de cobalto del país. Kara, autor de ‘Cobalto Rojo’ (Capitán Swing), ha viajado al corazón de los ‘smartphones’, al lugar del que se extrae uno de los materiales clave para que funcionen. El cobalto es uno de los materiales que la Unión Europea ha denominado críticos. Es fundamental para la buena calidad de las baterías -por eso, no solo importa en los smartphones, sino también en toda clase de dispositivos electrónicos o en los vehículos eléctricos- y la pieza sobre la que se asienta tanto la digitalización como la transición energética. Pero, como demuestra en su libro Kara, el cobalto tiene una cara B complicada: su extracción está dañando los ecosistemas en Congo a niveles abrumadores -como le dice una de sus entrevistadas, cuando vea lo que las minas hacen a bosques y ríos se entristecerá- y, sobre todo, tiene un coste humano inaceptable. En la extracción del material, trabajan personas adultas -sin ningún tipo de protección y en condiciones laborales muy precarias- pero también niños y niñas. Aunque la cadena de producción asegura que su cobalto está libre de trabajo infantil, Kara, tras sus experiencias sobre el terreno, lo pone en duda. No existe una buena trazabilidad de dónde sale el producto, muestran sus experiencias, y el Congo se ha convertido en un Salvaje Oeste en el que lo que importa es lograr encontrar más y mejor cobalto, cueste lo que cueste. El material está generando una riqueza explosiva, que no está quedando en manos de esa población que lo extrae —poniéndose en peligro— y que vive con sus consecuencias. En la orina de quienes se dedican a la minería artesanal de este material hay concentraciones de cobalto 40 veces mayor que las del grupo de control, cinco veces más de plomo y cuatro más de uranio, como le indica un investigador de la Universidad de Lubumbashi a Kara. 2 Su construcción La fase de fabricación tampoco está exenta de polémicas. A lo largo de la última década, múltiples investigaciones periodísticas han ido desvelando qué ocurre entre bambalinas en las factorías de las que salen estos dispositivos, habitualmente subcontratas en el sudeste asiático de las marcas que luego traerán al mercado esos terminales. Condiciones de trabajo extremas y salarios bajos han sido las denuncias habituales de estos reportajes. La fabricación también tiene un impacto sobre el medioambiente. Requiere, por ejemplo, un elevado consumo de energía -como alertaba hace unos años un informe de Greenpeace-. Aun así, esta es quizás la fase en la que los problemas se han convertido en más visibles, posiblemente por los efectos que ha tenido su elevada presencia en medios y porque las grandes marcas han asumido compromisos para enfrentarse a estos problemas. Existe incluso una compañía, Fairphone, que promete que fabrica un ‘smartphone’ sostenible y ético. 3 La vida útil Las sombras de los ‘smartphones’ continúan cuando llegan a esa ciudadanía entregada en masa a su uso. Desde su efecto en la salud hasta la educación con él o sin él centran aún grandes debates sociales. Por otro, está la propia vida útil de estos dispositivos, a los que las novedades y los lanzamientos abocan a ser efímeros y dejan de ser útiles demasiado rápido. En 2022, el Instituto de las Naciones Unidas para la Formación Profesional y la Investigación (UNITAR) advertía que de los 16.000 millones de teléfonos móviles que en ese momento tenía la población mundial, 5.300 acabarían el año en el cubo de la basura. 4 Desechados como chatarra Esto último es clave para comprender el otro gran problema de los smartphones: que se acaben convirtiendo en una pesada chatarra. Los datos que publica UNITAR son bastante claros. En la última edición de su estudio ‘Global Transboundary E-waste Flows Monitor’, concluyen que «la basura electrónica es uno de los flujos de residuos de más rápido crecimiento». Las 53,6 toneladas métricas de chatarra electrónica de 2019 se convertirán en 74,7 en 2030 y 110 en 2050 si se sigue el patrón existente. Solo un 17% de estos deshechos es reciclado en entornos respetuosos con el entorno. Del 83% de la chatarra electrónica no se sabe su destino final. Una parte importante cruza las fronteras sin ningún tipo de control. Los países en vías de desarrollo son el destino final de muchos de estos desechos, a pesar de que, como recuerda el informe, no tienen la infraestructura necesaria para su buena gestión. Todo esto tiene un impacto económico -los materiales en esa basura tienen un valor económico que se está perdiendo-, pero, sobre todo, social y medioambiental. Según la OMS, puede liberar hasta 1.000 sustancias químicas al medioambiente, como mercurio o plomo. En los lugares de destino, muchas personas -incluidos niños y niñas- trabajan sin protección en la gestión de esta basura. Mala salud neonatal, aumento del déficit de atención, problemas de comportamiento o del lenguaje o problemas respiratorios son algunos de los efectos que la OMS ha identificado entre la infancia en estas áreas. «Un niño que coma un huevo de Agbogbloshie, un basurero en Ghana, absorberá 220 veces el límite diario impuesto por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria de consumo de dioxinas cloradas», aseguraba la investigadora de la OMS, Marie-Noel Brune Drisse. Posibles soluciones Renunciar a estos dispositivos en el contexto que marca el siglo XXI parece imposible. Lograr, sin embargo, reducir los efectos perniciosos de los smartphones en el entorno es factible. La existencia de una mayor transparencia y responsabilidad en la cadena de producción -desde esas extracciones de materias primas a ese reciclaje de la basura- ayudaría no solo a dejar claras responsabilidades sino a afrontar soluciones. Apostar por una vida más larga para los aparatos -y algunos de los últimos cambios legislativos van esa dirección- o por la economía circular recuperando, por ejemplo, materiales- también paliaría el problema.



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Author : (abc)

Publish date : 2024-02-15 08:09:59

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